En la primera mitad del siglo XX se debatía si las mujeres tenían derecho o no a votar; en el siglo XIX solo podían votar los hombres casados con un mínimo de ingresos y dueños de alguna propiedad; en el siglo XVIII la esclavitud de personas para ser compradas y vendidas como mercancía era un negocio rentable.

Sin embargo hoy en día hombres y mujeres mayores de 18 años pueden votar, y la esclavitud está prohibida y es sancionada por nuestra Constitución. Esto nos indica que las costumbres que pueden estar normalizadas en determinado tiempo y lugar pueden ser cambiadas para el beneficio de la misma sociedad, al ser producto de formaciones culturales mas no de leyes naturales o inmutables.

Actualmente si bien mujeres y hombres tienen formalmente los mismos derechos e igualdad de trato ante la ley, existen algunas costumbres que hacen de esta formalidad letra muerta y que producen un trato inequitativo entre hombres y mujeres, desigualdad de acceso a las oportunidades entre unos y otros, y disparidad en la garantía del ejercicio de sus derechos.

Estas costumbres se refieren a tratos discriminatorios en contra de las mujeres cuyas consecuencias van desde las limitaciones externas que estas tienen para ascender en un trabajo hasta la pobreza extrema en la que viven muchas personas alrededor del mundo, de las cuales la mayoría son mujeres.

La discriminación contra las mujeres es todo acto u omisión que impide el desarrollo libre de su personalidad, de su condición profesional, social y económica y de sus derechos y libertades, en condiciones iguales que los hombres.

A lo largo de la historia y del mundo han existido en las diferentes sociedades diferentes formas de discriminación contra las mujeres (un ejemplo de ello es el acceso al voto y a la propiedad), afectando no solamente a las mujeres que sufren de cualquier tipo de discriminación sino también a sus hijos e hijas, a sus familias y en gran medida a la comunidad a la que pertenecen.

El mejor ejemplo al respecto lo podemos ver en los salarios percibidos por hombres y por mujeres, ya que los trabajos mejor pagados son, en general, aquellos ocupados por hombres. Uno de los casos más notables se da en las instituciones educativas; las personas docentes en educación preescolar y primaria tienen mucho menos reconocimiento y salario que las personas docentes en educación secundaria y universitaria. Las mujeres representan la mayoría de las docentes en preescolar y primaria, mientras en la educación secundaria y universitaria la mayoría de docentes son hombres.

La diferencia salarial se agranda aún más cuando vamos ascendiendo en el nivel de jerarquía de los puestos de trabajo. Así, la mayoría de los puestos directivos de empresas, organizaciones y cargos públicos son ocupados por hombres y las mujeres se concentran en mayor medida en cargos medios y bajos.

Así mismo, tal es el nivel de desigualdad entre hombres y mujeres que se ha acuñado el concepto de “feminización de la pobreza” para describir la situación de pobreza mundial en donde dos tercios de las personas afectadas son mujeres y niñas.

 “Las mujeres realizan dos tercios de las horas laborales de todo el mundo y producen la mitad de los alimentos mundiales; sin embargo, éstas perciben únicamente el 10 por ciento de los ingresos mundiales y poseen menos del uno por ciento de la propiedad mundial”. Naciones Unidas

Algunas veces se ha escuchado decir que las posibilidades de acceso de las mujeres a cargos de mayor responsabilidad son limitadas por condiciones intrínsecas en la personalidad de estas. Lo mismo aplica para su condición de pobreza.

Sin embargo, antes de aceptar este punto de vista conviene aclarar que no existe ninguna prueba científica que indique las diferencias biológicas en las capacidades de hombres y mujeres para ejercer debidamente un cargo de alta responsabilidad o que conduzcan a la pobreza a las unas más que a los otros.

La situación de pobreza extrema de las mujeres y el acceso limitado a cargos de responsabilidad tiene respuestas más culturales y sociales que biológicas. Por ejemplo, es una costumbre aún muy extendida en todo el mundo educar a las hijas para ser madres y a los hijos “para que lleven el pan a casa”. Y Colombia no es una excepción: aún vemos a padres y madres motivando a sus hijas para prepararse para ser “esposas” y a sus hijos para desarrollarse en una carrera de alta competitividad.

Incluso existen algunas comunidades en donde es prioridad la alimentación de los hijos varones por encima de la alimentación de las hijas. Estas costumbres culturales traen como consecuencia una menor preparación en las mujeres que en los hombres para el mundo productivo.

Por otro lado es frecuente escuchar que la disponibilidad y compromiso necesario para ejercer un cargo de alta responsabilidad es mayor en los hombres que en las mujeres. Adicionalmente los puestos altos en empresas y en el gobierno requieren de cualidades como fuerza, cálculo, resolución, competitividad, resistencia, agresividad, etc.

Mientras que estas características son las mismas que se refuerzan en la educación a los niños y se otorgan generalmente a los hombres, a las mujeres se les suele catalogar como sensibles, sentimentalistas, maternales, pasivas y moderadas, y las niñas reciben desde pequeñas adiestramiento en estas cualidades. Esto las deja fuera del mercado laboral competitivo y por ende fuera de los cargos de trabajo de más alto nivel.Sin embargo, a pesar de que muchas mujeres han sido educadas y son capaces de desempeñarse hábilmente en esta clase de trabajos, por la creencia general de las cualidades de “unos y otras” son menos quienes consiguen acceder y mucho más difícil mantenerse en puestos directivos.

Podemos ver cómo las diferencias que creemos naturales no son más que formaciones mentales sociales que están impidiendo el pleno desarrollo de las mujeres en igualdad de condiciones con respecto a los hombres. Cambiando estas creencias y reforzando la igualdad de oportunidades y capacidades tanto para hombres como para mujeres estaremos aportando enormemente al desarrollo de nuestra sociedad.

Tipos de de discriminación contra la mujer