LeyNataliaPonceDesde 2004 en Colombia, 926 personas fueron atacadas con ácido. De estas personas 565 fueron mujeres. Casi 300 de estas mujeres, tenían entre 20 y 30 años de edad en el momento del ataque. 54% de las víctimas sufrieron el ataque en sus rostros o manos, al intentar defender su rostro.

¿Mala suerte? ¿Casualidad? ¿Es casualidad que más del 60% de las víctimas sean mujeres y que el 52% de las víctimas tuviese entre 20 y 30 años? ¿Es casualidad qué más del 54% de las personas atacantes pretendían desfigurar el rostro de las personas atacada?

¿Y por qué en su mayoría mujeres? ¿Por qué se  habla de un “delito de odio hacia la mujer” cuando se escucha hablar de ataques con ácido?

Cuando una persona siente odio, rencor, o cualquier clase de sentimiento negativo hacia otra persona, muy probablemente la primera imagen que se pasa por su cabeza al pensarle es su cara. Y claramente, de acuerdo a las cifras, la intención de los ataques ha sido desfigurar a la persona atacada, quitarle su rostro. El rostro humano para cada individuo es el símbolo de la propia identidad, es como nos mostramos a la sociedad, es el que demuestra nuestras emociones, por medio del cual nos comunicamos. Un ataque con ácido pretende invisibilizar a la persona, quitarle su identidad, sumirla en la soledad y el cautiverio de la vergüenza de no tener rostro. Un ataque con ácido pretende acabar con la vida de una persona sin matarla.  Es un crimen realizado desde el horror del odio. El hecho de que históricamente la mayoría de las víctimas de ataques hayan sido mujeres, pone sobre la mesa el concepto de que los ataques con ácido son crímenes de odio contra las mujeres.

Lamentablemente Colombia es uno de los países en el mundo con más ataques con ácido en proporción a su población. Bangladesh ha sido penosamente reconocido a nivel mundial por la alta cifra de los mal llamados  “crímenes de honor” que no son más que ataques con fuego o ácido a mujeres, y sin embargo en 2011, en Colombia se registraron el doble de ataques con ácido proporcionales a la población que en Bangladesh, (en Colombia se registraron 42 casos en una población de 46 millones de habitantes. En Bangladesh con una población de 167 millones de habitantes, en el mismo año se registraron 84 casos).

Llevamos una vergonzosa carga.

Las heridas psicológicas son, sin lugar a dudas, mortales. Y más difíciles aún si sumamos los costosos y complejos tratamientos médicos a los que la persona agredida tiene que someterse. Problemas respiratorios o intestinales al tragar el ácido, pérdida de movilidad facial o en otras partes del cuerpo, dolores intensos mientras los tejidos de recuperan. Múltiples y horrorosos dolores y heridas que no sanan en el corto tiempo. Si a esto hay que sumarle falta de acceso a servicios médicos, imposibilidad de pagar cirugías plásticas correctivas, tratamiento y acompañamiento pssicológico o simplemente una enorme vergüenza de si quiera dejarse ver por otra persona, el terror de este crimen sencillamente no tiene nombre.

Es por esto que resulta absurdo que las penas por este delito fueran tan bajas en Colombia, hasta el histórico día de ayer. Ayer, gracias al valor, recursos y apoyo con el que cuenta Natalia Ponce de León, Colombia por fin incrementó las penas para este delito por medio de la promulgación de la “Ley Natalia Ponce”. Desde el día de ayer, cualquier persona que cause daño a otra usando cualquier tipo de agente químico, pagará entre 12 y 20 años de cárcel. Pero si el ataque causa deformidad o daño permanente, tendrá que pagar entre 20 y 30 años de cárcel, sin beneficios jurídicos. Tambíen establece penas para quienes comercialicen ilegalmente los químicos.

Es evidente, como dice la propia Natalia, que subir las penas ya hace pensar a la persona dos veces si cometer el acto o no.

En el acto de promulgación de la ley, Natalia ha dicho que quiere enfocar el resto de su vida a hacer realidad una unidad de atención para quemados. Una unidad que necesita urgentemente el país, que brinde el tratamiento médico y psicológico adecuado, necesario e integral para que las personas víctimas de quemaduras, entre ellas quemaduras con ácido, puedan acceder fácilmente a los servicios que permitan su reintegración a la vida diaria y a la sociedad a la mayor brevedad.

Para lograr este ambicioso y necesario proyecto, la aprobación de la Ley Natalia Ponce, es el mejor primer paso. La concienciación que ha logrado Natalia, quien fue agredida con ácido en marzo de 2014, cuando el ácido que le arrojó un hombre cayó en dos terceras partes de su cuerpo, rostro, brazos y piernas, además de dejarle problemas respiratorios por tragar el ácido, ha sido histórica en Colombia; ha logrado por fin tocar las puertas de la presidencia y del legislativo; ha visibilizado las voces de cientos de mujeres agredidas, invisibles hasta el momento; ha logrado que el tema se ponga sobre la mesa y como prioritario, por ahora, empezando por endurecer las penas.

No es suficiente, pero es indispensable.

Ahora el desafío es la implementación de las medidas que logren que la ley sea exitosa, y aún más importante, la implementación de medidas que protejan, acompañen y permitan la reintegración y rehabilitación de personas que sufran de ataques. La recepción de un tratamiento integral con enfoque de género y diferencial que permita que el Estado se responsabilice en su totalidad de no permitir que más mujeres, ni hombres, sean víctimas de un crimen tan atroz.

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