tomoIPor Carolina Guevara. Artículo publicado originalmente en Mujeres Digitales.

Si pudiera eliminar una palabra del lenguaje sería “honor”, porque le ha hecho más daño a las mujeres que bien a la humanidad en su conjunto. Por “honor” se ha matado, quemado, violado, forzado a casarse y secuestrado a un incontable número de mujeres y niñas a través de la historia y del mundo; y en el nombre del “honor” lo hemos aceptado.

“… El fuego consume los primeros ranchos y a poco el hombre del agro es lesionado brutalmente en lo que constituye su razón de ser: la casa fruto de mucho esfuerzo, los animales, la herramienta, el camino, el jardín lleno de flores… el perro amigo y la libertad de ser hombre y de ser bueno. Y sobre todo eso, el hogar, en que se cifra el honor de esposa e hijas.Es aquí donde debe buscarse el porqué de que muchos hombres vayan a la contienda. Para esos muchos, la razón inicial no fue política. Su insurgencia feroz está determinada por una historia que cubre con ominosa veste inútil la lesión irreparable al honor de sus mujeres…” – La violencia en Colombia Tomo I, Edición 2010. Página 284.

El anterior párrafo se funde en las más de cuatrocientas hojas en las que, en 1962, los autores del libro “La Violencia en Colombia” hicieron una dramática recopilación –aterradora pero necesaria-, sobre diferentes hechos ocurridos durante el periodo de la guerra civil en Colombia, conocido como “La Violencia” (1948-1958). Para cualquier persona conocedora del contexto socio-político colombiano, es claro que este periodo –como sus antecedentes- marcaron fuertemente la sociedad de tal forma que no se puede hablar de las negociaciones de paz actuales en La Habana o del contexto del conflicto armado sin remitirse a la cruda Violencia de los 50s.
El libro que relata con detalle la inmundicia de los crímenes más viscerales e inhumanos cometidos, y no repara en llamar a uno de ellos con un eufemismo que raya en el absurdo: “lesión al honor de las mujeres”. Uno de los libros claves para entender el contexto de la violencia en Colombia, también es clave para ver entre líneas la peligrosidad del lenguaje, la generalización en los hechos que invisibiliza a las verdaderas víctimas, y la violencia simbólica revictimizadora ejercida, irónicamente, con el ánimo de visibilizar el delito.

Podemos decir que las cosas han cambiado desde 1962; que el lenguaje se ha transformado así como la manera de expresarnos sobre acciones violentas contra las mujeres; que el feminicidio en Colombia ya ha sido tipificado, e incluso la prensa más conservadora aboga por dejar de llamar al feminicidio los “crimenes pasionales”-dicho sea de paso, gracias a los grandes esfuerzos de una destacada figura del periodismo, Jineth Bedoya Lima, también víctima de agresiones sexuales como arma de guerra.

Las cosas han cambiado desde 1962… Pero dejaron grandes estragos todavía vigentes.

Al hablar de “crímenes de honor” de “pérdida de honor” de “cuidar el honor” de “guardar el honor” se hace referencia al valor que una persona, generalmente un hombre, le ha dado a los genitales de una mujer y que reclama como suyo. Cuando un hombre ataca con ácido a una joven, cuando una mujer quema viva a su nuera, cuando una niña es obligada a casarse con su agresor después de haber sido violada, lo que se pretende es cobrar con el sufrimiento de las mujeres lo significó para otra persona perder el control sobre sus genitales o lo que representan. Y a eso lo hemos llamado durante muchos siglos “honor”.

“…Las mujeres en miles y miles de casos debieron pagar con el honor la cuota que les cobró la violencia, al extremo que apenas se verificaba asalto o comisión que las dejara ilesas” – Ídem.

El hecho de leer, escuchar, decir, aceptar que las mujeres hemos pagado “con nuestro honor” mientras que los hombres han pagado con “sus vidas”, hace parecer que a las mujeres nos ha tocado una carga relativamente fácil de soportar en esta cruda guerra de más de medio siglo ¿Será por eso que en la mesa de negociación en La Habana ni la cuarta parte de los miembros son mujeres? ¿Será por eso que las mujeres ocupamos pocas sillas en el mismo legislativo que hará las leyes del postconflicto? ¿Será por eso que quienes cuentan la historia desde los grandes medios son en su mayoría hombres? ¿Porque a ellos les ha tocado lo más duro de la guerra, mientras que las mujeres solo hemos sacrificado nuestro “honor”?

Recordemos nuevamente que lo que hemos llamado “pérdida de honor” no ha sido nada menos que violaciones sexuales como arma de guerra, sistemáticas e impunes. Ataques con ácido que dejan tantas heridas externas como psicológicas. Embarazos y abortos forzados. Asesinatos, ahora bien llamados, feminicidios.

Y como no me es posible eliminar la palabra “honor” del lenguaje, abogo entonces a llamar a las cosas por su nombre: una violación sexual, es un crimen atroz.

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